emanaba del Instituto Nacional de Bellas Artes, organismo que por entonces se proponía tuviese un alcance nacional (y, por ende, centralista). Además, la mirada de compradores no oaxaqueños (regiomontanos, entre los iniciales) empezaba a dirigirse hacia los productos recientemente facturados por artistas jóvenes de Oaxaca.


Aquel ambiente privilegiado, si bien fue propicio para la proliferación de autores, también fue riesgoso en cuanto a lo cultural pues favoreció la adopción, por parte de numerosos aspirantes a artistas, de léxicos poco o nada originales que quienes los practicaban suponían cercanos a los lenguajes de Tamayo, Toledo o Rodolfo Nieto, principalmente.


En el contexto efervescente ochentero de Oaxaca, Rosendo Pinacho aprendió muy pronto que, si aspiraba a descollar, debía conservar en su lenguaje ciertos elementos con los cuales enunciar su pertenencia al medio cultural oaxaqueño (citando incluso, de manera ocasional, elementos estilísticos de los paisanos que admira), a la vez que tenía que desplegar su capacidad para nutrir de manera constante su léxico con cambios que irían desde las ligeras variantes hasta las osadas innovaciones. Y fue así como procedió.


Ya en su producción temprana se evidencia una combinación de candor y de arrojo, aunada a altos grados de complejidad en sus soluciones tanto iconográficas como de los materiales. En aquella etapa, que duró desde finales de los 80 hasta mediados de los 90, eligió como temática recurrente su interpretación de la persistencia del pensamiento mítico mágico entre quienes, como él, son herederos directos de aquellos antepasados nuestros que conformaron la matriz cultural mesoamericana en la época del México antiguo.


En los últimos años del siglo XX, Pinacho optó por un paulatino apartamiento de la figuración de raigambre naturalista, a la vez que nutrió su repertorio técnico con numerosos efectos y, lo que resultó de mayor impacto para su trayectoria, confió a plenitud en la autosuficiencia de la realidad artística por encima de las alusiones a la realidad tangible preexistente en la que, a final de cuentas, la artística termina por insertarse.


De modo coincidente con el cambio de siglo y de milenio, el despegue de Rosendo Pinacho hacia su etapa de maduración estilística ocurre cuando trabaja en series de bodegones, en los que descuella la abundancia de recursos técnicos de los que ha hecho acopio. Pinacho consigue una notoria contundencia formal en las obras que produce entre 2004 y 2006. Es entonces cuando es innegable que ha arribado a su fase de madurez como artista. El arrojo que lo había caracterizado desde el comienzo de su carrera ahora descansa en un innegable virtuosismo.


A partir de entonces acomete con prestancia no únicamente en el ámbito de lo pictórico –en el que cuenta con un indiscutible dominio–, sino que ya se ha provisto de la suficiente capacidad para trabajar con materiales cerámicos en relieves y figuras exentas, tanto como en notables obras murales. A sus alusiones a la cosmogonía heredada del pasado ya había incorporado referencias a sus recuerdos. Y es a partir de entonces que enfatiza sus menciones a lo vivencial. Esa es la razón por la cual a sus constelaciones, imágenes de la temporalidad, de la vegetación y de las aves y reptiles –entre otros personajes del reino animal que ya poblaban sus telas– suma su fascinación por el mundo marino. De ahí sus cangrejos, cetáceos, mantarrayas, medusas, peces, pulpos y tortugas. De ahí sus tintas en grandes formatos.


Hoy, Rosendo Pinacho se encuentra entre quienes ya edifican un arte postcolonial del todo alejado de la subalternidad. Un arte nuevo. Uno para el siglo XXI.

La obra de Rosendo Pérez Pinacho: Un arte para el siglo XXI Por Carlos-Blas Galindo

Rosendo Pinacho se formó como artista en un ambiente privilegiado: aquel que existió en Oaxaca –sobre todo en su capital, pero no solamente ahí– en los años 80 de la pasada centuria. En esa época, en el ámbito oaxaqueño se advertían los efectos de una combinación de hechos que resultaron fundamentales para el desarrollo de la producción artística en dicha entidad.


Por una parte, Rufino Tamayo y Francisco Toledo habían prestigiado localmente la profesión de artista plástico, por lo cual un amplio número de jóvenes, en su afán por emularlos, comenzaban a producir y a exponer sus obras. Por otro lado y desde diversos flancos, atendían ese ímpetu sin precedentes ciertos autores generosos como Roberto Donís y Shinzaburo Takeda.


Asimismo, la política cultural oaxaqueña de aquel momento suponía una cierta distancia con respecto a la orientación que